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Qué se ha medido de la astrología, y qué salió

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Esta página existe porque un sitio que calcula cartas debería poder decir qué se ha probado de todo esto y qué salió. No es una defensa ni un desmentido: es el estado de la cuestión, con los resultados y también con las objeciones que recibieron, que en este terreno son parte del dato.

1985 · Carlson, en Nature

El estudio más citado. Veintiocho astrólogos recibieron cartas natales y tres perfiles de personalidad medidos con el CPI, y tenían que emparejar cada carta con su perfil. El diseño era de doble ciego y lo diseñaron con participación de astrólogos en ejercicio: revisaron el procedimiento, lo llamaron una prueba justa y fijaron ellos mismos el listón en un 50 % de aciertos. El resultado no superó el azar y quedó a 3,3 desviaciones por debajo de esa predicción suya. Carlson concluyó: «El experimento refuta claramente la hipótesis astrológica».

Y hay una parte que él mismo descarta, que conviene saber antes de usar este estudio para nada. El experimento tenía dos mitades, y en la primera eran los propios sujetos quienes debían reconocerse en su interpretación. Ahí tampoco acertaron, pero Carlson escribe que ese resultado no sirve contra la astrología, porque esos mismos sujetos tampoco supieron identificar su propio perfil del CPI. Su conclusión, entonces, descansa sólo en la segunda mitad: la de los astrólogos. Quien cite a Carlson diciendo «ni siquiera la gente se reconoce en su carta» está usando justo la parte que el autor anuló.

Y tiene una segunda parte que casi nunca se cuenta. En 2009, Suitbert Ertel reanalizó los datos y sostuvo que el análisis original troceaba la muestra sin contrastar nunca los totales; rehecho entero, dice, los astrólogos emparejan mejor que el azar, pero con significación marginal: 0,054 en el emparejamiento de tres opciones (que ni siquiera cruza el 0,05 de costumbre) y 0,04 en la valoración de uno a diez. Él mismo escribe que eso es insuficiente para dar la astrología por verificada, y suficiente para que el veredicto de Carlson no se sostenga. Eso no convierte el estudio en una prueba a favor: convierte su conclusión en algo discutido. Quien cite a Carlson debería saber las dos cosas.

Y hay una tercera parte, de 2022. Un grupo encabezado por Geoffrey Dean volvió sobre los mismos datos en un libro de casi mil páginas que ellos mismos publican gratis. Lo que dicen ahí se cita a veces como si hubieran rehecho el test y les hubiera salido que no hay nada, y eso es más de lo que el libro afirma: lo que calculan en esa página es que la correlación entre lo bien que un astrólogo decía que encajaba una carta y su porcentaje de aciertos «no es ni débilmente significativa». Es un dato sobre la escala de valoración, no un veredicto sobre el experimento.

Conviene saber además de quién viene: no es un tercero neutral. Dean firma también el estudio de gemelos temporales que esta misma página usa más abajo, el libro no pasó revisión por pares y lo edita una casa ligada a uno de sus coautores. Se cita porque el texto está abierto y se puede comprobar, no porque zanje nada.

2003 · Los gemelos temporales

Para mí es el más duro de los cinco, y el que menos se menciona. Geoffrey Dean e Ivan Kelly aprovecharon los datos de un estudio británico que no tenía nada que ver con la astrología: 2.101 personas nacidas en Londres entre el 3 y el 9 de marzo de 1958, separadas por 4,8 minutos de media, con el 92 % de las horas anotadas al cuarto de hora más cercano y el resto al minuto.

Si la carta natal describe a alguien, dos personas nacidas con minutos de diferencia en la misma ciudad deberían parecerse en algo. Se compararon 110 variables medidas a los once, a los dieciséis y a los veintitrés años: capacidad, conducta, ocupación, estatura, vista, oído. Los autores lo resumen así: las condiciones difícilmente podrían haber sido más propicias para el éxito, y los resultados son uniformemente negativos. El tamaño del efecto: 0,00.

Y llevaba un control que es lo que lo vuelve convincente. Además de las 110 variables de cada persona metieron dieciséis de la madre (su edad, su presión arterial, lo que duró el parto), y antes de mirar nada le preguntaron a siete astrólogos destacados, que coincidieron por unanimidad en que esas dieciséis no podían leerse en la carta del hijo. Salieron igual de planas que las otras. O sea que la prueba no distingue entre lo que la astrología promete y lo que la propia astrología descarta.

No hay aquí un problema de astrólogos poco hábiles ni de test mal elegido: es la predicción más simple que la astrología permite hacer, y no apareció. Del mismo artículo sale un dato que se cita todavía menos: reunidos veinticinco estudios con cerca de 500 astrólogos, el acuerdo medio entre ellos es de 0,101 («prácticamente ningún acuerdo», escriben), cuando para aplicarle un instrumento a una persona la psicometría pide 0,8. Antes de preguntar si la astrología acierta, está la pregunta de si dos astrólogos leen lo mismo.

Lo que hay que decir de este estudio, y casi nunca se dice: el trabajo original del que salen estos datos se cita en el artículo como «en preparación», y nunca llegó a publicarse. Se le reprochó en la misma revista años después, junto con que no se define qué cuenta como «parecerse». Sigue siendo el resultado más contundente de esta página; también es el que se apoya en el informe que no existe.

El efecto Marte, que es el caso más enredado

Michel Gauquelin encontró que, en una muestra de 2.088 campeones deportivoseuropeos, Marte aparecía en dos sectores concretos de la carta más a menudo de lo esperable: un 21,65 % frente al 17,17 %. Los sectores no son arbitrarios: el primero empieza en el ascendente y el otro en el mediocielo, los dos puntos que la astrología considera más significativos. Es la afirmación positiva más debatida de toda la astrología.

Y ese 17 % no es una cuenta de la población, es una expectativa calculada. Ahí está casi todo el pleito: el Comité Para belga, que investigó el caso durante años, no objetó demografía (eso se ha repetido mucho y es falso) sino el procedimiento con el que Gauquelin calculaba esa frecuencia teórica. El propio astrónomo que después hizo los cálculos para el bando escéptico dejó escrito lo contrario de la sospecha demográfica: que Gauquelin sí había tenido en cuenta esas influencias.

Lo que casi nunca se cuenta es cómo salió el test estadounidense, que es el dato más importante del episodio: sobre 408 campeones, 55 nacieron en los sectores clave, o sea un 13,5 %, por debajo del 17 % que se espera por azar. El efecto no apareció.

Y lo que lo volvió famoso no fue la estadística sino la pelea. El CSICOP publicó ese resultado en 1980 y en el mismo número publicó dos textos que lo discuten: el informe del astrónomo que había hecho los cálculos, que discrepa del manejo del asunto, y la réplica de los propios Gauquelin. Quien quiera juzgarlo tiene los tres delante, que es más de lo que suele ofrecer este caso.

Hoy el efecto no está aceptado. La objeción que más pesa es sobre quién recogió las muestras: buena parte las reunió quien buscaba el efecto, y ese es el sesgo más difícil de descartar. Pero conviene decir que sigue discutido y que esta página no lo cierra.

1949 · Por qué un texto vago se siente exacto

Bertram Forer dio a 39 estudiantes un test de personalidad y, una semana después, a cada uno un perfil con su nombre escrito encima. Todos recibieron el mismo texto, trece frases que (lo dice una nota al pie del artículo) salían «en buena parte» de un libro de astrología de quiosco. Puntuaron su exactitud con un 4,26 en una escala de cero a cinco, y aceptaron como suyas 10,2 de las trece frases.

Lo que casi nunca se cuenta es lo que pasó después. Tres semanas más tarde les pidió que recordaran su propia puntuación, y la del perfil bajó de forma significativa: varias cayeron y ninguna subió. Forer lo dice con todas las letras: la memoria trabaja para curar el golpe al autoestima. O sea que no solo nos creemos el texto genérico, sino que después recordamos habérnoslo creído menos.

Eso no dice que la astrología sea falsa: dice que nuestra sensación de que un texto nos describe no sirve como prueba de nada, porque funciona igual con un texto escrito para cualquiera. Es la razón por la que en este sitio los textos evitan halagar y prefieren decir «suele» antes que «eres»: un elogio genérico se acepta sin discutirlo, y ahí se acabó la conversación.

1984 · Lo único que encontró en los signos, y de dónde sale

Michael Startup dedicó su tesis doctoral, en Goldsmiths (Universidad de Londres), a poner a prueba aspectos, casas y signos con 911 personas y dos cuestionarios de personalidad. En los aspectos no encontró nada. En las casas, poco: de 23 predicciones sacadas del trabajo de Gauquelin salieron tres, dos de ellas por poco, y en un segundo análisis solo la posición del Sol según la hora del día mostró algo. A las casas les ve un apoyo escaso, pero es lo único que recomienda seguir investigando.

En los signos encontró una sola cosa que se sostenía, que otros estudios ya habían visto antes, aunque no todos: quienes tienen el Sol en un signo de fuego o de aire (los que la tradición llama «positivos», y de los que dice que son extravertidos) puntúan algo más alto en extraversión. Su metaanálisis, con trece estudios, tres de ellos suyos, lo da por real y muy pequeño: hacen falta al menos 550 personas por grupo para verlo.

Lo interesante es cómo lo explica, y no es con el Sol. El efecto queda ausente o muy reducido en un estudio con niños, que casi no conocen la astrología, y en uno con estudiantes de astrología, que saben que el signo solar es una pieza entre muchas. Su conclusión, con cautela, es que parece deberse a que la gente ajusta sus respuestas a lo que la astrología espera de su signo. O sea que lo único que encontró en los signos apunta a saberse el signo, no a haber nacido con él. Es la otra cara de lo de Forer: allí un texto genérico se siente propio; aquí, quien conoce su signo se describe un poco más como el signo dice.

Dos cosas para leerlo bien. Es una tesis, examinada pero no un artículo revisado por pares. Y Startup no es un escéptico de oficio: agradece a Geoffrey Dean y a John Addey, y en 1984 consideraba la evidencia de Gauquelin tan buena como la de casi cualquier área de las ciencias sociales. Por eso pesa que en los aspectos no encontrara nada y que lo único que halló en los signos lo explicara sin el Sol: venía dispuesto a encontrar algo.

Qué no prueba nada de esto

No prueba que las posiciones planetarias estén mal calculadas: eso es astronomía y se verifica aparte. No prueba que a nadie le sirva mirarse en una carta. Y no prueba lo contrario tampoco: la ausencia de efecto medido en personalidad y ocupación es lo que se ha medido, no una demostración universal.

Lo que sí se sostiene después de leer los cinco es esto: no hay evidencia de que las posiciones planetarias causen rasgos de personalidad o destinos, y las predicciones concretas que se han podido comprobar no aparecieron.

Entonces por qué existe este sitio

Porque la astrología es un lenguaje simbólico con dos mil años de uso, y un lenguaje no se evalúa por si es verdadero, sino por si sirve para decir algo. Mirarse en una carta funciona como funciona una pregunta bien hecha: te obliga a ponerle nombre a cosas que no lo tenían. Eso no requiere que Marte haga nada.

La objeción a lo que acabas de leer

Esa respuesta tiene una réplica seria, y esconderla sería justo lo que esta página dice no hacer. Ivan Kelly (coautor del estudio de gemelos de más arriba) sostiene que «es solo un lenguaje» no es una posición, es una retirada: la cataloga entre las maneras de no tener que admitir nunca un error, y observa que el desplazamiento hacia la vida interior ocurrió después de que los resultados salieran negativos, no antes. Su lado bueno, escribe, es no tener que reconocerse equivocado; el malo, no decir casi nada.

Y va más lejos: para él el simbolismo no es un sistema, sino una mezcla de asociaciones verbales, mitología, analogía y tradición sin un método que permita distinguir una lectura de otra. Si eso es así, «sirve para decir algo» pierde fuerza, porque un lenguaje que puede decir cualquier cosa no dice ninguna en particular.

Lo que aquí se concede: la objeción es buena y no queda respondida por decir que este sitio no predice ni reclama verdad. Lo que no se concede: el salto de ahí a que mirarse en una carta no le sirva a nadie, que es una pregunta que ninguno de los estudios de esta página mide. Lo que sí cambia es cómo hay que escribir: si el lenguaje no tiene método propio, la única honestidad disponible es declarar de dónde viene cada frase, y por eso este sitio publica la procedencia de sus textos.

Del mismo trabajo sale el ejemplo más limpio de cómo se fabrica un símbolo: a Plutón y a Quirón se les asignó significado a partir de su mitología, sin ninguna investigación publicada detrás. Es una de las razones por las que esta web no calcula Quirón.

Lo que sí requiere es no mentir sobre el estatuto de lo que se dice. Por eso aquí el cálculo está contrastado contra una referencia externa y su peor desviación se publica, cada convención está declarada, y esta página existe.

Las fuentes, para que las leas tú

Estas son las de esta página. La bibliografía completa del sitio, con el ámbito de cada fuente y lo que cada una no puede sostener, está en las fuentes de esta web.